sábado, 21 de febrero de 2026

vino la ardilla a mi ventana

En pleno día. Debe tener hambre. Nos cruzamos en el patio con cierta frecuencia. Aunque es desconfiada, nunca la molesto. ¡Usted tiene ratas en el patio! dijo la vecina babosa. Bueno, es un roedor, pero no una rata. A veces veo cruzar, al amparo de la noche, un señor tlacuache. Otra noche un gato enorme y hambriento se metió por el hueco del vidrio roto de la sala, y eso que estaba cañón encaramarse entre las barras de protección. Lo pesqué en el segundo intento, bastó pararme frente a la ventana para ahuyentarlo. Ahora, esta mañana, la ardillita escalando el enrejado. Luego, brincó a la barda y de ahí a la palmera. 



No deberían estar aquí. Al parecer, la ardilla fue la mascota favorita en los 90s. Luego, cuando las abandonaron, tuvieron que aclimatarse para sobrevivir. Se cuelga de cabeza en la palmera de coco, el árbol de mango y recolecta almendras. Es un derroche de energía que sólo he visto en las hormigas y en los niños. O en el ir y venir de las olas del mar.

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